miércoles, 14 de julio de 2010

Por la jornada de Cuatro Horas, (Elogio de la Ociosidad, por Bertrand Russell)

Como es verano, y como desconexión temporal de la actualidad, cuelgo este texto, de uno de los grandes genios de la humanidad.


"Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritudel refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios».
Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado.

Todo el mundo conoce la historia del viajero quevio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antesde la época de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentesde la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano. Antes de presentar mis propios argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.

Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente paravivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este ar-gumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan.

Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, comoel proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista delhecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de guerras futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno sehalla en la misma situación que el malvado de Shakes-peare que alquila asesinos. El resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzasarmadas del estado al que presta sus economías. Resultaevidente que sería mejor que gastara el dinero, auncuando lo gastara en bebida o en juego.
Pero—se me dirá—el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadienegará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas que, una vez construidas, permanecen paradas y no benefician a nadie.
Por ende, el hombre que invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero—digamos—en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán—cabe esperarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el contrabandista de alcohol.

Pero si lo gasta—digamos—en tender rieles para tranvías en un lugar dondelos tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezcapor el fracaso de su inversión, se le considerará víctimade una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre de-rrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se ledespreciará como persona alocada y frívola.

Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO estáhaciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.
Ante todo, ¿qué es el trabajo?

Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y estámal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.La segunda clase es susceptible de extenderse indefini-damente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse.

Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha dedarse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar yescribir persuasivamente, es decir, del arte de la propa-ganda.

En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hambres, más respetada que cualquiera delas clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que otros paguen por el privilegio de que les consienta existir y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente, su ociosidad solamente resulta posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidades la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Loúltimo que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo. Desde el comienzo de la civilización hasta la revolu-ción industrial, un hombre podía, por lo general, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindiblepara su propia subsistencia y la de su familia, aun cuandosu mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello.

El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que loproducían, sino que se lo apropiaban los guerreros y lossacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultadode que muchos de los trabajadores morían de hambre.Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clasede los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, dondesobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, comoes natural, una huella profunda en los pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posibleque el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad.

La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y e lmundo moderno no tiene necesidad de esclavitud. Es evidente que, en las comunidades primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con que subsistían los guerreros y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente,sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos aaceptar una ética según la cual era su deber trabajar in-tensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostenera otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la com-pulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de gobierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nuevepor ciento de los asalariados británicos se sentirían realmente impresionados si se les dijera que el rey no debetener ingresos mayores que los de un trabajador. El concepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a losdemás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más gran-des intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización, que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo.

El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica mo-derna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización. La técnica moderna ha hecho posible reducir enor-memente la cantidad de trabajo requerida para asegurarlo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evi-dente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, enhacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general debienestar físico entre los asalariados no especializados delas naciones aliadas fue más alto que antes y que después. La significación de este hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como siel futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto,desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puedecomerse una rebanada de pan que todavía no existe.

La guerra demostró de modo concluyente que la organizacióncientífica de la producción permite mantener las pobla-ciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si la organización científica, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morirde hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad. Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en circonstancias completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido desastroso.

Tomemos un ejemplo. Supongamos que, enun momento determinado, cierto número de personas tra-baja en la manufactura de alfileres. Trabajando—diga-mos—ocho horas por día, hacen tantos alfileres como elmundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cualel mismo número de personas puede hacer dos veces elnúmero de alfileres que hacía antes. Pero el mundo nonecesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres sonya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse algunomás a un precio inferior. En un mundo sensato, todos losimplicados en la fabricación de alfileres pasarían a tra-bajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás con-tinuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juz-garía desmoralizador. Los hombres aún trabajan ochohoras; hay demasiados alfileres; algunos patronos quie-bran, y la mitad de los hombres anteriormente empleadosen la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sintrabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otroplan, pero la mitad de los hombres están absolutamenteociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando dema-siado. De este modo, queda asegurado que el inevitabletiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugarde ser una fuente de felicidad universal.

¿Puede imaginarse algo más insensato? La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra,a principios del siglo xIx, la jornada normal de trabajode un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajaban doce horas al día. Cuando los entremetidos apunta-ron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas.

Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son me-nos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente degran parte de nuestra confusión económica. Consideremos por un momento francamente, sin su-perstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de loque produce. Por supuesto, puede prestar algún servicioen lugar de producir artículos de consumo, como en elcaso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportara cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero sola-mente en esta medida. No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aque-llos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstospermanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre. Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas aldía, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque estánconvencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob admiración por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la poneen situación más acorde con el sentido común. El sabio empleo del tiempo libre—hemos de admitirlo—es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia,así como hay mucho muy diferente de la tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes, y especialmente de aquellas que dirigen la propagandaeducativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, escasi exactamente la misma que las clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los llamados pobres honrados.

Laboriosidad, sobriedad, buena voluntadpara trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas, inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por añadidura, la autoridad todavía representa la voluntaddel Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibeahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.

La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos puntos en común con la victoria de las feministas en al-gunos otros países. Durante siglos, los hombres han admitido la superior santidad de las mujeres, y han conslado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la santidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras deentre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacercreer a los trabajadores manuales que hay cierta especialnobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.

En Rusia, todas estas enseñanzas acerca de la excelencia del trabajo manual han sido tomadas en serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, enesencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar lostrabajadores de choque necesarios para tareas especiales.El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base de toda enseñanza ética. En la actualidad, posiblemente, todo ello sea parabien. Un país grande, lleno de recursos naturales, esperael desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muyescaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro es necesario, y cabe suponer que reportará una gran re-compensa.

Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el puntoen que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar largas horas? En Occidente tenemos varias maneras de tratar esteproblema. No aspiramos a la justicia económica; de modoque una gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por au-sencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendotrabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra:mandamos a un cierto número de personas a fabricar ex-plosivos de alta potencia y a otro número determinado ahacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramosde descubrir los fuegos artificiales.

Con una combinación de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabaj omanual. En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al control centralizado de la producción, el problema tieneque resolverse de forma distinta. La solución racional sería, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio o por más bienes.
Pero, habiendo enseñadola suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómopueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente nuevos proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la productividad futura.

Recientemente he leídoacerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros ru-sos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero capaz de posponer el bienestar proletario por toda una ge-neración, tiempo durante el cual la nobleza del trabajosería proclamada en los campos helados y entre las tormentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, seráel resultado de considerar la virtud del trabajo intensocomo un fin en sí misma, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no fuera necesario.

El hecho es que mover materia de un lado a otro, aúnque en cierta medida es necesario para nuestra existencia,no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vidahumana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cual-quier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres,que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, apredicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buencuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra.

Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejorparte de su vida, no es probable que os responda: «Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoydando cumplimiento a la más noble de las tareas del hom-bre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombrepuede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpoexige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento».

Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado, comoun medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cualfuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio. Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro.

En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, esuna condena de nuestra civilización; no hubiese sidocierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto puntoha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombremoderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Perotodo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficioseconómicos.

La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo hapuesto todo patas arriba. El carnicero que os provee decarne y el panadero que os provee de pan son merecedoresde elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vosotros disfrutáis del alimento que ellos os han suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáistan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es buenoy gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de una misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja quese obtenga consumiéndolos.

El individuo, en nuestra sociedad' trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce. Este divorcio entre los propósitos individuales y los socia-les respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivode la industria. Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia deello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por elplacer que da al consumidor. Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades.

Quiero decir que cuatro horas de trabajo al díadeberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en lavida, y que el resto de su tiempo debería ser de él paraemplearlo como creyera conveniente. Es una parte esen-cial de cualquier sistema social de tal especie el que laeducación vaya más allá del punto que generalmente al-canza en la actualidad y se proponga, en parte, despertaraficiones que capaciten al hombre para usar con inteli-gencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a quese las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana.

Los placeres de las poblaciones urbanas han llegado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciarpartidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.Ello resulta del hecho de que sus energías activas se con-sumen completamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa. En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora.

La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social;esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó acasi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las filosofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie. El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso.

No se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clasea ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcio-nalmente inteligente. Esta clase podía producir un Dar-win, pero contra él habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nadamás inteligente que la caza del zorro y el castigo de los cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, loque la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y comoun subproducto. Esto representa un gran adelanto, perotiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, endefinitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que laspersonas que viven en un ambiente académico tienden adesconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus me-dios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran tener sobre el públicoen general.

Otra desventaja es que en las universidadeslos estudios están organizados, y es probable que el hombre al que se le ocurre alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas,por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar másde cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sinmorirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales,y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.

Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspectode la economía o de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud,y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo. Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugarde nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero nopara producir agotamiento. Puesto que los hombres noestarán cansados en su tiempo libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable queal menos un uno por ciento dedique el tiempo que no leconsuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y nohabrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidadde una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menosinoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás consuspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en partepor la razón que antecede y en parte porque supone unlargo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, detodas las cualidades morales, la que más necesita elmundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado laposibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos yla inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; enesto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre. (*)
(*) Fuente: Bertrand Russell, Elogio de la Ociosidad. Ed. Edasa, Barcelona, 1986.


© Temakel. Por Esteban Ierardo

7 comentarios:

feluky dijo...

Jo inno, es demasiado largo, luego en casa te lo leo con tranquilidad y te lo opino.

Abrazos.

Amigo de la Dialéctica dijo...

Hola amigo, pues olvídate de las cuatro horas. ZP nos quiere hacer trabajar más por menos y durante más tiempo, hemos de trabajar hasta que no podamos con los calzones.

Ante ello hay dos alternativas, quedarse con los brazos cruzados quejándose; o organizarse y responder allí dónde más les duele, en las elecciones. Llevando a la Asamblea de Extremadura a unos cuantos diputados que sepan hacerles bailar a otro son. Ahora mismo con 4 o 5 diputados les daríamos un buen susto y perderían, la mayoría absoluta, en favor de otra visión más progresista de los asuntos.

Te necesito sumando tus ideas a Convergencia Socialista.

Recibe un abrazote amigo.

Helios dijo...

Amigo Innópolis, la próxima vez nos cuelgas el Quijote y te quedas tan ancho.

Y digo yo, pensar en cómo deben trabajar los demás y en cómo han de organizarse ¿será también un trabajo?

Sobre el trabajo la Física, como siempre, nos aclara bastante las cosas, arroja algo de cordura vaya. Por ejemplo nos dice:

“Empuje usted durante un mes con todas sus fuerzas una roca de cien toneladas, en jornadas de ocho horas diarias, descansando una para comer, y al finalizar el mes el trabajo que habrá desarrollado será cero”.

Al sufrido empujador no le gustará oírlo, pero lo cierto es que es así.

Saludos amigos y frescas cervezas a mediodía que es verano.

ElSrM dijo...

Sublime.

INNÓPOLIS dijo...

PERDÓN POR LA EXTENSIÓN, PERO CREO QUE A ALGUIEN LE PODÍA INTERESAR LA OBRA COMPLETA.
EN TODO CASO, HAY CUESTIONES DE ACTUALIDAD.
SALUDOS AMIGOS.

rasputín dijo...

Innopolis, ayer comencé a leerlo, paré para dormir un poco y hoy, por fin, he terminado je je (es broma, que aún no lo he terminado).
Yo estoy con Javier; que, de seguir como seguimos, habrá que multiplicar nuestra jornada laboral para pagar a esta panda de ineptos.
Lo que más me jode, compañeros, es que Zapatero hable de planes de austeridad luciendo cinturones Hermés de 8oo€.
No escatiman en medidas que garanticen el mantenimiento de la piedra filosofal que la Historia puso en su camino, ya sea enviar a los pensionistas de "gorrillas", a los funcionarios a vender refrescos en las playas, etc.
Todo lo que no sea meterse con la banca y con los grandes tiburones de las finanzas, garantes de jugosas prebendas, todo vale.
Lo digo en el blog de Guillermo; ni Cuba podrá despojarse jamás del castrismo ni España del franquismo, nunca de una manera diplomática.
Son muchos los parásitos y poco el fungicida.
Y lo que más me jode de esta gente es que se vaya a ultramar a plocamarse contra las dictaduras latinoamericanas, cuando éstas son sólo una gris herencia de nuestro pasado colonial y expoliador.
Aquí tenemos ese tipo de dictaduras y nadie hace nada, NADA, para remediarlo.
Malditos los dictadores que se creen que no lo son.
A las putas barricadas de una vez, y si hay que morir que sea por un ideal, no porque cuatro desgraciados así lo decidan.
Salud y libertad.

Helios dijo...

"Son muchos los parásitos y poco el fungicida".

Máxima precisión Rasputín.

Un abrazo amigo.